La imagen del formador que todos tenemos en mente es la de esa persona que se coloca frente a un grupo con la misión de ser una fuente inagotable de respuestas. Nos han enseñado que nuestra autoridad emana directamente de nuestro volumen de conocimientos. Sin embargo, en la práctica, esta imagen de perfección suele jugar en nuestra contra. El miedo a no tener la respuesta exacta a una pregunta puede volvernos rígidos, defensivos y, paradójicamente, menos creíbles. Es hora de hablar de una de las herramientas más potentes: la vulnerabilidad.

Admitir que no lo sabemos todo no es un acto de debilidad, sino un ejercicio de honestidad intelectual que transforma radicalmente la dinámica del aprendizaje. Cuando un formador o formadora se presenta como un ser humano en constante evolución, rompe la jerarquía tradicional de «maestro y subordinado» para dar paso a una verdadera comunidad de aprendizaje.

El impacto de la honestidad en la credibilidad del formador/a

Este enfoque tiene un impacto directo en la confianza que el grupo deposita en nosotros. Existe una creencia errónea de que si un alumno/a nos «pilla» en un renuncio, perderemos nuestro estatus de forma fulminante. Lo cierto es que sucede exactamente lo contrario. El alumno/a moderno/a, especialmente en entornos corporativos o de formación de adultos, tiene un radar muy afinado para detectar la impostura. Cuando un formador/a intenta improvisar una respuesta vaga, utiliza un tono condescendiente para desviar la atención o recurre a tecnicismos vacíos para ocultar su ignorancia, la audiencia lo nota de inmediato y la conexión se quiebra irremediablemente.

En cambio, la respuesta sincera refuerza nuestra autoridad en los temas que sí dominamos con solidez. Al ser honestos sobre nuestras limitaciones, validamos automáticamente nuestra experiencia en el resto del contenido. El grupo hace una asociación lógica: «Si me dice que esto no lo sabe, es porque cuando me afirma lo otro, puedo estar totalmente seguro de que es cierto y está contrastado». Esta transparencia permite que el mensaje principal cale mucho más hondo.

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Gestionar la brecha de conocimiento con elegancia profesional

Pero, ¿cómo se gestiona esta vulnerabilidad sin perder el rumbo de la sesión o dar la sensación de falta de preparación? La clave reside en la diferencia fundamental entre «no saber nada» y «no saber algo puntual». Tu rol sigue siendo el de facilitador/a, estratega y guía del proceso. No se trata de acudir a una formación sin haber hecho los deberes, sino de saber navegar la incertidumbre con elegancia y método. Una técnica magistral para estos momentos es la tríada de la validación, la honestidad y el compromiso.

Ante una pregunta que nos descoloca, el primer paso es validar la curiosidad del participante: «Esa es una pregunta excelente porque toca un punto que a menudo se pasa por alto en los manuales estándar». El segundo paso es la honestidad tranquila: «Sinceramente, no cuento con el dato exacto o el caso de estudio específico en este momento para darte una respuesta con el rigor que mereces». Y el tercer paso es la acción concreta: «Me comprometo a revisarlo y compartirlo con todos vosotros por correo mañana mismo». Esto no solo cierra la brecha de conocimiento, sino que demuestra que el formador/a sigue interesado en aprender y que respeta profundamente la curiosidad de su audiencia.

Además, esta apertura nos permite aprovechar el inmenso talento colectivo que suele haber en el aula. En muchas ocasiones, especialmente en la formación de formadores, entre los asistentes puede haber alguien con una experiencia muy específica que nosotros no poseemos. Al no sentir la necesidad de ser el centro único de conocimiento, podemos invitar a esa persona a contribuir, convirtiendo un momento de potencial debilidad en una oportunidad de co-creación.

Conclusión: Modelar el aprendizaje del futuro

Finalmente, debemos reflexionar sobre lo que estamos modelando a nivel subconsciente. No solo enseñamos metodologías didácticas o herramientas digitales; enseñamos actitudes frente al conocimiento. Si proyectamos una imagen de perfección absoluta e inalcanzable, nuestro alumnado heredará ese mismo estrés, y esa misma rigidez.

Si, por el contrario, mostramos que el aprendizaje es un camino infinito y que la curiosidad es infinitamente más valiosa que la certeza absoluta, estaremos formando profesionales mucho más resilientes, empáticos y efectivos. Recuerda que no te han contratado para ser una enciclopedia humana —para eso ya existen los motores de búsqueda—, sino para facilitar un cambio, para despertar una habilidad o para guiar una reflexión profunda. Tu valor real no reside en la cantidad de datos que almacenas en tu memoria, sino en tu capacidad para conectar con las personas y gestionar el proceso de descubrimiento humano. Atrévete a soltar la carga de tener que ser infalible.

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