Llevas años dando formación. Conoces tu materia, los alumnos valoran tus sesiones y las entidades con las que trabajas repiten. Y aun así, hay una voz que aparece antes de cada nuevo curso, cada nueva entidad o cada vez que te presentas a una oferta exigente: «¿Y si no estoy realmente preparado/a para esto? ¿Y si en algún momento se dan cuenta de que no soy tan bueno/a como creen?»
Si esa voz te resulta familiar, no estás solo/a. Lo que describes tiene nombre: síndrome del impostor. Y en el colectivo de formadores y formadoras es más frecuente de lo que se habla.
¿Qué es el síndrome del impostor?
El síndrome del impostor fue descrito por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes. Lo definieron como una experiencia psicológica en la que una persona, a pesar de tener logros objetivos y reconocimiento externo, atribuye su éxito a factores externos —la suerte, el azar, haber estado en el lugar adecuado— y vive con el miedo constante de que en algún momento «la descubran».
No es falta de inteligencia ni de capacidad. Es exactamente lo contrario: tiende a aparecer en personas competentes, comprometidas y con altas expectativas sobre sí mismas. Y por eso es tan difícil de detectar y tan fácil de confundir con humildad.
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¿Por qué los formadores son especialmente vulnerables?
El síndrome del impostor puede afectar a cualquier profesional, pero hay características propias del trabajo de formación que lo hacen especialmente frecuente en este colectivo.
Enseñar implica exponerse. Cuando impartes una formación, estás ante un grupo de personas que han venido a aprender de ti. Ese rol de referente genera una presión implícita que no existe en muchas otras profesiones. La exposición constante alimenta el miedo a no estar a la altura.
El conocimiento siempre puede ser mayor. En casi cualquier área temática, el saber es inmenso y está en constante evolución. Un formador concienzudo siempre encontrará algo que no domina del todo, una pregunta que no supo responder, un enfoque que desconocía. Ese perfeccionismo legítimo puede convertirse en una fuente de inseguridad permanente si no se gestiona bien.
El trabajo es difícil de medir. En otras profesiones, los resultados son más tangibles. En formación, el impacto real del trabajo muchas veces no se ve de forma inmediata, y las encuestas de satisfacción, aunque positivas, pueden no sentirse como una evidencia suficiente del propio valor.
La carrera de formador tiene una estructura poco convencional. Muchos formadores y formadoras llegaron a la docencia desde otra profesión, sin una formación pedagógica inicial específica. Eso puede generar la sensación de que «no son formadores de verdad», aunque lleven años haciéndolo bien.
La precariedad del sector añade incertidumbre. Trabajar por proyectos, con contratos discontinuos o como autónomo/a, hace que la validación externa sea más irregular. Sin una estructura organizacional que te respalde de forma continua, es más fácil que la duda sobre el propio valor se cuele.
¿Cómo se manifiesta?
El síndrome del impostor no siempre se presenta de la misma forma. Algunas señales frecuentes en formadores:
- Restar importancia a los propios logros: «El curso fue bien, pero tuve suerte con el grupo.»
- Preparar en exceso por miedo a ser «descubierto/a», dedicando horas desproporcionadas a materiales o documentación.
- Evitar presentarse a ofertas o proyectos más exigentes por creer que no se está suficientemente preparado/a.
- Sentir que los demás formadores saben más, aunque no haya evidencias reales de ello.
- Incomodidad al recibir elogios o reconocimientos, seguida de una tendencia a quitarles mérito.
- Miedo intenso a cometer errores delante del grupo, más allá de lo que sería una preocupación razonable.
¿Por qué es importante abordarlo?
El síndrome del impostor no es inofensivo. A corto plazo puede generar ansiedad, agotamiento por la sobrepreparación y una tendencia a evitar oportunidades de crecimiento. A largo plazo, puede llevar al estancamiento profesional: no presentarse a proyectos más ambiciosos, no cobrar lo que se merece, no ocupar el espacio que corresponde.
Además, paradójicamente, puede acabar afectando a la calidad de la formación. Un formador o formadora que está pendiente de si «la van a descubrir» dedica parte de su energía mental a gestionarse a sí mismo/a en lugar de estar presente para el grupo.
Cómo superarlo: estrategias prácticas
Superar el síndrome del impostor no es cuestión de un día, pero sí es un proceso que se puede trabajar de forma consciente.
1. Ponle nombre
El primer paso es reconocer que lo que sientes tiene un nombre y que no eres la única persona que lo experimenta. Más del 70% de las personas lo han sentido en algún momento de su vida profesional, según diversos estudios. Nombrarlo reduce su poder.
2. Separa los hechos de la interpretación
Cuando aparezca la voz del impostor, practica un ejercicio sencillo: anota por un lado lo que sientes («Creo que no estoy preparado/a para este curso») y por otro los hechos objetivos («Llevo ocho años impartiendo formación en esta área, tengo valoraciones positivas consistentes, la entidad ha vuelto a contratarme tres veces»). La distancia entre ambas columnas suele ser reveladora.
3. Lleva un registro de logros
Construye y mantén actualizado un documento donde recojas evidencias concretas de tu trabajo: valoraciones de alumnos, proyectos completados, materiales que has desarrollado, dificultades que has sabido resolver. No para presumir, sino para tener a mano pruebas reales cuando la duda aparezca. Léelo cuando lo necesites.
4. Reencuadra la preparación excesiva
Prepararse bien es una virtud. Prepararse en exceso por miedo es una señal. Aprende a distinguir cuándo estás mejorando tus materiales porque aporta valor y cuándo lo estás haciendo para callar una voz interna. Fijar un límite de tiempo para la preparación de cada sesión puede ayudar a poner esa tendencia bajo control.
5. Normaliza no saberlo todo
Un buen formador no es el que lo sabe todo: es el que sabe lo suficiente, sabe enseñarlo y sabe cómo gestionar lo que no sabe. Decir «esa pregunta no la tengo completamente clara, lo investigo y te lo confirmo» ante el grupo no es una señal de incompetencia. Es una muestra de honestidad intelectual que los alumnos suelen valorar más de lo que esperamos.
6. Habla de ello con otros formadores
El síndrome del impostor vive bien en el silencio y en el aislamiento. Compartirlo con colegas de confianza suele producir un alivio inmediato: casi siempre descubres que la otra persona lo ha sentido también. Las comunidades de formadores, los grupos de supervisión entre pares o simplemente las conversaciones honestas con otros profesionales del sector son un antídoto muy efectivo.
7. Busca acompañamiento profesional si es necesario
Cuando el síndrome del impostor genera ansiedad sostenida, bloqueo real ante oportunidades o un malestar que interfiere con el trabajo, puede ser útil trabajarlo con un psicólogo o psicóloga. No es un problema menor ni tiene que gestionarse solo. La terapia cognitivo-conductual ha demostrado ser especialmente eficaz para trabajar este tipo de patrones de pensamiento.
Una última reflexión
Hay algo irónico en el síndrome del impostor: suele afectar más a quienes más se preocupan por hacer bien su trabajo. El formador que no se cuestiona nada raramente lo padece. El que se pregunta constantemente si está aportando valor real, si podría explicarlo mejor, si el grupo ha aprendido de verdad… ese sí lo conoce bien.
Esa preocupación, bien gestionada, no es un defecto. Es la base de la mejora continua. El objetivo no es eliminar la duda, sino que deje de paralizarte y se convierta en el motor que te lleva a seguir creciendo.
Porque si llevas años formando, los alumnos vuelven, las entidades repiten y los resultados acompañan, hay algo que no falla: tú.
