¿Alguna vez has llegado al miércoles con la sensación de que tu batería se ha agotado? ¿Te has descubierto respondiendo correos de alumnos o clientes fuera de tu horario? ¿Últimamente notas que tienes menos paciencia de lo habitual? Si ese es tu caso, entonces quédate a leer este artículo. En él podrás encontrar una serie de hábitos saludables que te ayudarán a encontrar el equilibrio si te dedicas a la formación.

Los formadores/as, a menudo priorizamos las necesidades de los participantes, los plazos de entrega de las consultoras o la burocracia de los cursos por encima de nuestro propio bienestar. Sin embargo, un formador/a agotado no inspira, no motiva y, a la larga, es menos productivo. El autocuidado es una estrategia profesional de alto rendimiento para que tu carrera sea sostenible en el tiempo.

Cuida tu voz

En la formación pasamos horas hablando, a veces en salas con mala acústica o compitiendo con el ruido del proyector o alumnos. Muchos formadores/as sufren disfonías o fatiga vocal y lo asocian simplemente a «gajes del oficio» o a un resfriado mal curado, cuando en realidad es una señal de alerta.

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Para cuidar tu voz, la hidratación es clave. Beber agua a sorbos pequeños y frecuentes durante la sesión es lo más recomendable, no beberse un litro de golpe al final. Además, evita los carraspeos constantes, que son traumáticos para las cuerdas vocales, y aprende a calentar la voz antes de una sesión larga, igual que un deportista calienta antes de correr. Si tienes que proyectar la voz en un aula grande, usa el micrófono.

Gestión de la energía y límites digitales

El formador/a moderno no solo imparte clase; corrige prácticas, diseña materiales y responde dudas por email. Es muy común llevarse trabajo a casa y difuminar la línea entre la vida laboral y la personal. Este hábito puede producir agotamiento emocional.

Un hábito saludable imprescindible es fijar un límite horario real para dejar de trabajar. Establece un «toque de queda» digital. Desconectar no solo te permite recuperar energía, sino que te ayuda a ganar perspectiva. Recuerda que en situaciones de estrés crónico, solemos sacrificar el sueño y el descanso, pensando que así somos más productivos, cuando en realidad estamos mermando nuestra capacidad cognitiva para el día siguiente.

La alimentación, combustible para el cerebro

Sabemos que el desayuno con bollería industrial es tentador, pero el «subidón» de azúcar suele venir seguido de una caída en picado de la energía. La enseñanza requiere un alto consumo de energía mental y es vital darle al cuerpo el combustible adecuado.

Los expertos sugieren evitar los desayunos cargados de azúcares refinados que provocan decaimiento a media mañana. En su lugar, opta por proteínas y alimentos que proporcionen energía sostenida. Si vas a estar cinco horas de pie impartiendo un taller, tu cerebro y tus piernas necesitan nutrientes de calidad, no solo cafeína. Además, existe una relación directa entre los malos hábitos alimenticios y el aumento del estrés laboral.

Movimiento y pausas activas

El trabajo del formador/a es paradójico: o pasamos horas de pie estáticos frente a una audiencia, o pasamos horas sentados corrigiendo y diseñando frente al ordenador. El sedentarismo y las malas posturas son enemigos silenciosos.

No hace falta que te entrenes para un triatlón si no quieres, pero incorporar «pausas activas» es fundamental. Aprovecha los descansos de la formación no solo para revisar el móvil, sino para estirar las piernas, caminar y cambiar de postura. Si te cuesta hacer deporte, empieza con paseos de 15 minutos diarios; la actividad física es uno de los mejores antídotos naturales contra el estrés acumulado tras una jornada intensa.

Inteligencia emocional ante el «participante difícil»

En la formación a veces nos encontramos con participantes desafiantes o desmotivados. Si estamos cansados, es fácil reaccionar de forma impulsiva o tomarse su actitud como algo personal, lo que genera tensión en el aula y nos deja un mal sabor de boca al llegar a casa.

El autocuidado también es emocional. Un formador/a con inteligencia emocional sabe identificar qué le está provocando estrés (¿es la actitud del alumno o es mi propio cansancio?) y gestionarlo antes de explotar. Practicar la autorregulación y no «llevarse los problemas a casa» es vital. A veces, simplemente respirar y reconocer que la reacción del otro no tiene que ver contigo, te ahorrará muchos dolores de cabeza.

Conclusión

Ser un buen formador/a no depende solo de cuánto sabes sobre tu materia, sino de la energía y la claridad con la que eres capaz de transmitirla. Cuando te cuidas, no solo te sientes mejor tú, sino que generas un ambiente de aprendizaje más cálido, motivador y eficaz para tus participantes.

Elige uno de estos hábitos —quizás empezar a beber más agua en clase, o cerrar el portátil a las 19:00 h en punto— y conviértelo en rutina. Recuerda que, en el sector de la formación, tú eres el recurso más importante. Si tú te quemas, no hay aprendizaje posible.

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