En el mundo de la formación para el empleo, nos enfrentamos al reto de que, en ocasiones, los alumnos llegan a la formación con una «mochila» de estrés laboral, preocupaciones familiares o una capacidad de atención al límite. Como docente, puedes preguntarte qué estás haciendo mal si a mitad de la sesión ya están mirando el móvil.

La respuesta no está en tu falta de carisma, sino en la biología. La neurodidáctica —la unión de neurociencia, psicología y educación— nos enseña que para enseñar con éxito, primero debemos entender cómo aprende el cerebro.

La regla de los 20 minutos: el límite del cerebro

La atención no es un recurso infinito. Investigaciones en neurociencia indican que la atención sostenida tiene un «pico» y luego decae drásticamente. En adultos, este ciclo suele durar unos 20 minutos.

¿Por qué ocurre esto? El cerebro consume una cantidad enorme de energía (glucosa y oxígeno) para mantener el foco. Cuando la estimulación es monótona, el cerebro entra en un modo de «ahorro energético», desconectando de la fuente de información externa para divagar. No es desinterés voluntario, es una defensa biológica contra la fatiga cognitiva.

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Para combatir esto, debemos estructurar la sesión en bloques de 15-20 minutos. Al final de cada bloque, es vital introducir un «disparador de novedad». Puede ser una pregunta desafiante, un vídeo corto o incluso un cambio de posición física en el aula. Estos pequeños hitos actúan como un botón de reset que permite iniciar un nuevo ciclo de atención con la energía renovada.

Estrategias para «resetear» la atención

¿Cómo podemos volver a subir ese pico atencional? Aquí tienes tres técnicas respaldadas por la ciencia:

  • Pausas activas y cambio de estrategia: No hace falta dejar de trabajar, pero sí cambiar cómo lo hacemos. Si llevas 20 minutos explicando, pasa a una dinámica de grupo o a un reto práctico. Alternar estrategias ayuda a que el conocimiento se afiance mejor en la memoria.
  • El poder de la narrativa y el humor: Al cerebro le encantan las historias. Cuando cuentas una anécdota o usas el humor, se activan áreas motoras y sensoriales que mantienen al alumno alerta. El humor no rompe el ritmo; al contrario, es un «pegamento» emocional que capta la atención de nuevo.
  • La práctica del recuerdo: En lugar de pedir a tus alumnos que subrayen (una técnica poco efectiva según la neurociencia), pídeles que recuerden. Hacer pequeños tests rápidos o pedirles que expliquen lo aprendido al compañero es mucho más potente para consolidar la memoria que leer el texto diez veces.

Sin emoción no hay aprendizaje

El maestro Francisco Mora suele decir que «el cerebro solo aprende si hay emoción». Esta frase, más que poética, es puramente fisiológica.

Toda la información que entra por nuestros sentidos debe pasar por el sistema límbico (el cerebro emocional) antes de llegar a la corteza prefrontal, donde se procesa el pensamiento complejo. Si el alumno se siente aburrido, juzgado o bajo demasiada presión, la amígdala «bloquea» el paso de la información. En cambio, si despertamos la curiosidad, el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor que no solo genera placer, sino que actúa como un «pegamento» para la memoria.

Para generar esa emoción en adultos debemos combinar la curiosidad y la seguridad psicológica…

  • Curiosidad: Empieza la clase con un problema real que ellos no sepan resolver, pero que necesiten resolver en su trabajo.
  • Seguridad psicológica: Un entorno donde el error se vea como una oportunidad de aprendizaje reduce los niveles de cortisol (la hormona del estrés), permitiendo que las funciones cognitivas superiores trabajen a pleno rendimiento.

Conclusión

En resumen, mejorar nuestras clases no depende solamente de usar la mejor tecnología, sino de respetar cómo funciona la mente humana. Si queremos que nuestros alumnos aprovechen la formación debemos saber dividir bien el tiempo, activar la curiosidad y crear un buen ambiente.

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